La oración espiritual

Tercer Testamento: La oración espiritual

La oración es el lenguaje espiritual, la puerta que llega y abre el Arcano divino de nuestro Padre. El sendero donde nuestro espíritu va al encuentro de su Creador. La luz que ilumina y que rasga las tinieblas de nuestro ser.

Nuestro espíritu puede tender un lazo espiritual por medio de la oración; en esos momentos nos hacemos uno con Quién nos dio vida y eternidad.

En la oración nuestro espíritu encuentra la luz que necesita para alumbrar su camino material y espiritual, para su adelanto espiritual, su fortaleza ante las tentaciones, es la mirada que discierne la sabiduría espiritual.

La oración es una comunión de espíritus, el nuestro y el de nuestro Padre; es el lenguaje espiritual que transmitimos a Quién nos formó a semejanza Suya, y en esa comunión íntima le expresamos cuánto hay y acontece en nuestro corazón.

Una oración no son cantidad de palabras ni decir frases formuladas hechas por alguien más; es personal, es única. Un sentir propio que le expresamos por medio de un agradecimiento, un anhelo, una preocupación, una necesidad, una alegría, un ofrecimiento; un sentir para manifestarle nuestro arrepentimiento sincero a su Corazón divino por haber lacerado el corazón de un hermano nuestro; es expresarle un sentir verdadero para decirle el cómo enmendarnos y regenerarnos de todo nuestro mal proceder y transitar. Es un pacto de espíritus, un pacto espiritual no entre hombres, sino de hijo a Padre y de Padre a hijo.

Nuestra oración ante Él debe ser espiritual. Si Dios es Espíritu, entonces es nuestro espíritu quien debe elevarse dentro de sí mismo sin que se interponga nada material en esa comunión espiritual. No son las imágenes creadas por la mano del hombre las que nos ayudan en nuestra elevación, son un obstáculo, una barrera para no sentir Su presencia divina doquiera que vayamos y estemos. Lo material en la oración, hace que nuestro espíritu se estanque en su propia elevación espiritual.

Nuestro espíritu puede y debe elevarse en cualquier lugar y circunstancia por medio de la oración, y si fuese así, entonces sentiremos vibrar Su presencia divina, inundándolo todo dentro y fuera de nosotros. Es un sentir que se eterniza, y que ya no son minutos efímeros que se desvanecen tan prontamente cuando hemos interpuesto en nuestro espíritu y el Espíritu Divino, algo hecho por la mano del hombre.

Cuando nos concedemos la elevación de nuestro ser por medio de la oración, las vibraciones o emanaciones espirituales bienhechoras que provienen del Reino de los Cielos son con nosotros, y es aquí, en que podemos entregar una palabra de luz, de amor, de consejo al necesitado; es aquí en esta comunión espiritual que arrancamos verdaderos pedazos de aquel Reino, donde todo es bondad y ayuda.

Nuestro corazón ha buscado ansiosamente la presencia del Padre a través de la oración, y Él siempre ha acudido a nosotros, pero nos hemos materializado tanto, que pensamos y decimos que si no le vemos y oímos con nuestros ojos y oídos materiales, entonces no nos escucho ni nos atendió, y esto es equívoco. De cierto nuestro Padre se manifiesta por medio del sentir, de la inspiración, en la intuición, en las nobles emanaciones que nos llenan de paz, de bienestar, de compañía, de consuelo, de fortaleza en los momentos de aflicción.

La humanidad ha querido oír en su queja y lamento la voz materializada de Dios; en sí ha olvidado el sentir y el percibir del lenguaje espiritual. Mas así como nos hemos materializado a tal grado, también es necesario espiritualizarnos para volver a sentir las emanaciones divinas.

Tampoco esta elevación se conseguirá de un día para otro, tiempo se necesita, pero cuando se ha logrado, uno jamás se volverá a sentirse paria, solo, pobre; siempre tendremos una luz en nuestras pruebas. Habrá un antídoto en forma de palabra, de caricia o consuelo y de vida, para todo aquél que la llegue a necesitar de nuestra parte.

El hombre llora y gime, y es por su manera imperfecta de orar. Porque si orase verdaderamente de espíritu a Espíritu, sentiría un vibrar dentro y fuera de sí; a su Señor que le ama como Padre, al Maestro que le enseña el camino verdadero, y al Juez que amorosamente le detiene antes de errar. Un juicio de amor que en un instante de meditación profunda, a través de un examen por medio de la voz de nuestra Conciencia, se percibe una sensación dentro de sí, que lo que haremos no es lo indicado ni lo correcto para nosotros, como tampoco para con nuestros hermanos ni ante la Ley divina. Y no es que nos hagamos esclavos a aquella Voz, al contrario, nos hacemos libres al saber con certeza lo que verdaderamente vale para nosotros y evitar, lo que más tarde tendremos que purificar y enmendar frecuentemente como sucede por medio del dolor.

La oración es báculo para que nuestro espíritu encamine sus pasos por los senderos del bien y de la luz.

Toda la humanidad debe ser semejante al Maestro, hasta en la manera como el Hijo siempre se encontró en comunión con su Padre y Él con Su Hijo. Es cierto que Dios materializó Su voz en el Monte Sinaí al dejarse oír ante Su pueblo de Israel e incluso cuando Jesús adoctrinaba. Esto puede sucedernos cuando dormimos y nos encontramos en una elevación espiritual profunda. Aunque debemos comprender que no siempre materializa Su voz y esto no debiera de extrañarnos, porque ante todo Él nos muestra como nos acompaña en nuestra existencia por las obras que hace en cada momento y por la caricia de su Espíritu, expresada como un sentir no sólo en todo lo creado sino en todo cuanto concierne a nuestro espíritu. Su Espíritu jamás nos ha abandonado, ni en nuestras más difíciles pruebas nunca nos ha dejado de oír ni de manifestarse. Creemos que solamente cuando se llega al Reino de los Cielos es cuando podremos sentirle en plenitud y esto es equivocado.

Hay veces que nuestra oración se vuelve un total exigir de nuestra parte, en donde se haga nuestra voluntad; mas debemos reconocer con humildad que muchas de las veces nuestro exigir y nuestra voluntad son engañosos, son obstáculo, vanidad, rebeldía, y no encierra amor ni caridad espiritual para con nosotros mismos ni con nuestros demás hermanos.

Si hay fe en nuestro espíritu, entonces hemos de reconocer con certeza, que no hay ni habrá error en Su voluntad divina, porque somos Sus hijos que vamos encaminando nuestros pasos al Reino que nos ha prometido y más importante que eso para todos nosotros, no lo hay. También es necesario recordar, que si hemos buscado primeramente lo que pertenece al Reino de los Cielos, entonces todo lo que concierne para nuestra envoltura y nuestra existencia se nos dará por añadidura.

No hay nada más importante que nuestro adelanto espiritual y si pedimos para nuestra carne, para sus inclinaciones, y es un obstáculo y tropiezo para nuestro ser primordial, entonces nos estaremos esclavizando en nuestros caprichos carnales y mundanos; pero nuevamente debemos aceptar y reconocer que nuestro verdadero reino, al que pertenecemos no es ni será siempre este mundo. Este mundo no es nuestra verdadera patria.

Si somos seres espirituales teniendo una experiencia terrenal, entonces ¿qué es lo más importante? Nuestros méritos para ascender a un plano donde la paz y la armonía sea nuestro galardón. No pidamos cosas terrenales que pudiesen ser un tropiezo para nuestro espíritu, porque todo lo que conviene a nuestra existencia material, se nos dará cuando vayamos acorde con Su anhelo divino.

Nuestro espíritu necesita fortaleza, sabiduría, conocimiento de sí mismo, acrisolar sus virtudes, y digo acrisolar porque a veces necesitamos de las pruebas que nos dan a beber nuestros demás hermanos, para que se puedan manifestar en nosotros el amor, la humildad, la caridad, el bien, la pureza, el perdón, la tolerancia, la misericordia, el consuelo, la fraternidad, la paz, la bendición... toda virtud espiritual. Pidamos para nuestro espíritu, ese es el que va vivir en la eternidad, la carne dejará de latir algún día su corazón e irá a fundirse con los demás elementos del polvo de la Tierra.

Que en nuestra oración haya pedimento de fortaleza para resistir las tentaciones, amor y perdón para el que nos ha herido, palabras para poder expresar a quien las necesite, dones y sabiduría espiritual para entregar en la elevación de nuestro espíritu al alcance del necesitado, discernimiento del bien y del mal, un corazón contrito y humillado para reparar y enmendar nuestras faltas; inspiración e intuición para guiar con certidumbre a nuestros hijos, a los pueblos; paciencia ante las adversidades, humildad para no vanagloriarnos, sensibilidad ante las desgracias de los demás, una lengua que se ocupe en bendecir en lugar de maldecir, armonía entre nuestra parte material y espiritual; desarrollo de nuestras potencias espirituales por medio del bien y del amor que a la vez será dicha y alegría en nuestros demás hermanos en sus tribulaciones; oír con más claridad la voz de nuestra Conciencia, así como pedir una oportunidad para purificar nuestras faltas por medio del amor,… etc.

Todo cuanto pidamos a Dios para nuestro adelanto, elevación y progreso espiritual no los concederá.

Cuando elevamos nuestro espíritu por medio de los nobles sentimientos que manan del corazón y pedimos por una nación, esa luz irá a cumplir su misión de amor y caridad de nuestra parte, para con nuestros hermanos en desgracia y tribulación. Toda oración ilumina, da fortaleza y desciende en forma de caridad espiritual para todo aquel hermano necesitado, ya sea que padezcan materialmente en una cárcel, en un hospital, en un hogar o en toda una nación. También por medio de nuestra oración podemos aliviar de su dolor a los que sufren en estado espiritual, al participar de nuestra luz y palabras no materiales sino sentidas, a todos aquellos hermanos que aún no contemplan la Luz divina en plenitud a través de su propia Conciencia. Un abrazo, una caricia, un perdón, un sentimiento de amor hace mucho más que mil palabras, tanto para con nuestros hermanos encarnados como desencarnados. Esto es luz, es caridad y es amor espiritual.

El que ha cometido grandes males en la oración encontrará al Padre tierno que le da otra oportunidad, porque Él no niega la salvación, más bien la concede y la dispone al alcance de todos Sus hijos.

El que gobierna encontrará en la oración la guía para conducir al pueblo que desde el Más Allá le fue designado para dirigir. Es indispensable decir, que hay hombres y mujeres que han hurtado esta misión y por lo tanto no se han encontrado aptos para esta grande responsabilidad; no les correspondía y no fueron enviados para ello. Es necesario que los que sientan ese reclamo de su Conciencia, por haber adquirido un cargo que no les correspondía, con humildad abandonarlo y dejar gobernar, al que verdaderamente tiene la misión de dirigir a los pueblos.

Los padres encontrarán en la oración la manera correcta para guiar a los frutos que les han sido concedidos.

Si a los hombres en las religiones diversas se les preguntase cuando han orado con humildad, cuál ha sido el mensaje de su Dios, ellos responderían unos con alegría y otros con tristeza que proviene del juicio de su Conciencia, que una voz se hizo sentir en sus interiores llamándolos a la unificación, a conducir a sus pueblos por los caminos del amor y de la paz.

En la oración el hombre se hará sabio y alejará todo cuanto no fuere de provecho para su espíritu. La oración es escala por donde se elevará el espíritu hacia su verdadera patria.

Tercer Testamento: La oración espiritual

 

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